Pese a los requerimientos de la comunidad internacional, el presidente Sarkozy continúa negándose a aceptar la derrota electoral y no abandona el Eliseo. Las manifestaciones protestando por su actitud han sido duramente castigadas por las fuerzas de seguridad del Estado, controladas por el aún presidente, causando decenas de muertes entre los ciudadanos desarmados. La cifra de fallecidos aumenta con los asesinatos de personas que se significaban por su apoyo al candidato ganador de las elecciones. La ONU informa también de un indeterminado número de casos de torturas, arrestos arbitrarios y otros casos de violencia por parte de los partidarios de Sarkozy.
¿Impresionado? Por supuesto, esto no ha sucedido. Al menos en Europa. Es lo que está pasando desde el 28 de noviembre en Costa de Marfil. Y apenas nos preocupa. El presidente Laurent Gbagbo se negó a aceptar su derrota electoral y utilizó el Tribunal Constitucional, presidido por uno de sus aliados, para desechar cientos de miles de votos de zonas favorables a su contrincante Alasane Uttara, ganador de las elecciones inicialmente.
Desde aquel momento, Costa de Marfil vive una situación de excepción con muertes, arrestos arbitrarios, desapariciones,… Una espiral de violencia condenada por la ONU (¿de qué sirve?) que está sumiendo en la parálisis y el caos a este floreciente estado africano.
¿Y nos importa? No. Las muertes de estas 200 personas apenas trascienden en Occidente. Son africanos. A nuestros ojos son seres humanos de segunda, condenados por su nacimiento a sufrir, a carecer de derechos, a morir sin despertar en el resto del mundo más que un levantamiento de cejas de incomprensión. Posiblemente si está usted leyendo estas líneas es porque creyó que los hechos habían sucedido en Francia, donde, como en cualquiera de los países de ‘nuestro mundo’, si sería un escándalo y produciría un huracán de reacciones, preocupación e interés internacional.
No, no somos todos iguales.
PD: Pido disculpas a quienes comenzaran a leer este post por el titular fantasioso, pero esa era precisamente la intención: demostrar que este hecho en Francia sí despierta interés. ¿Cuánta gente leería la noticia real sobre Costa de Marfil?
