Está claro que el PP va a tomar la vía rápida económica que tan buenos resultados le dio en el pasado y que tan desastrosas consecuencias estamos cosechando ahora. Tras colar el IVA reducido para la compra de cualquier vivienda, ahora es el petrolero ministro Cañete el que toma las riendas de la hormigonera asesina anunciando que van a “poner en valor” el litoral español.
Debemos haber soñado esa costa mediterránea urbanizada integramente desde Girona hasta Huelva con la única salvedad del almeriense Parque Nacional de Cabo de Gata. El señor Cañete debe haber olvidado el informe que aprobó el Parlamento Europeo en el que se denunciaba la “destrucción masiva” del litoral español con un modelo “expoliador de bienes culturales” y que “ha generado una forma endémica de corrupción”.
Debe desconocer el ministro que desde 1987 a 2005 se destruyeron un total 50.504 hectáreas de suelo natural en en los dos primeros kilómetros de franja costera. 7,7 hectáreas de costa degradadas cada día para crear urbanizaciones, suelo industrial y comercial. ¿Queda algo de espacio en la costa que “poner en valor”, como dice Cañete?
La respuesta es sí: los parques nacionales, como el ya mencionado de Cabo de Gata. Hasta el momento, solo la restricción legislativa ha salvado del cemento a las zonas más preciadas de nuestra costa, cada vez más presionadas por el urbanismo que las rodea. ¿Será la intención del PP “poner en valor” esas zonas no productivas (según su visión economicista de la realidad)? Un buen modo sería, como también dijo Cañete, “simplificar trámites ambientales”, que permitirían colarse obras y construcciones que una vez hechas, ya se sabe (véase El Algarrobico).
Más terrible que la propia amenaza del PP es la indiferencia con que la sociedad española ha recibido esta amenaza medioambiental. Está visto que al español lo único que le importa es que le toquen el bolsillo. Tenemos lo que merecemos, imagino.
Para entender mejor la tragedia que se nos viene encima, puede visitar el blog de Juantxo López de Uralde o este gran artículo de Antonio Cerrillo en La Vanguardia.